14 abril 2018

14 de abril


Por Vicente Verdú + El Roto

La República se ha convertido en un parque natural de la política española. Se trata de un espacio de la memoria colectiva, que habría que preservar como se hace con un paisaje muy singular o con las especies biológicas en peligro de extinción. Puede que los ciudadanos que vivieron aquel episodio nacional lo recuerden con la nostalgia de un sueño de libertad, igualdad y fraternidad o con el horror de un mal parto, que terminó en la tragedia de una guerra civil. Para muchos españoles que no conocimos aquel tiempo sino a través de libros y relatos melancólicos o envenenados, más allá de los tópicos en que ha llegado hasta nosotros, la República es ese futuro irreal e incontaminado al que, de momento, solo se puede llegar por el camino del romanticismo. Los más profundos poemas de amor se deben a poetas que han experimentado amores frustrados o prohibidos. Las mejores novelas de aventuras han sido escritas en la mesa camilla imaginando piratas en el ventanuco del patio de luces y, por supuesto, las pasiones más morbosas suelen proceder de escritores de vida funcionarial, muy ordenada. Probablemente la República hoy sería otra cosa si se hubiera proclamado un día de invierno con niebla, pero llegó un 14 de abril bajo la flor de las acacias y en el sentimiento popular está asociada a la primavera y a la Niña Bonita, el número mágico en la rueda de la fortuna. En las manifestaciones de protesta en la calle se ve crecer cada vez más alta la marea de banderas republicanas enarboladas por jóvenes, que sueñan con una primavera política, que limpie la suciedad de estos tiempos en que vivimos. La crisis económica unida a la basura de la corrupción cuyo hedor no cesa de apoderarse de la sociedad, sin respetar siquiera la escalinata de la casa real, hace que en medio del aire irrespirable, la República se haya convertido en ese parque natural que es necesario proteger, aunque solo sea para purificar la mente de los ciudadanos. No todo está perdido. En medio de la frustración, cada año, cuando se acerca el 14 de abril, muchos españoles divisan un espacio limpio por donde asoma el gorro frigio de aquella Niña Bonita con un mensaje de armonía y libertad. Tal vez se trata solo de un sentimiento, pero ahí está, creciendo más cada día. El País

04 abril 2018

Mi ciudad son tres (Tríptico tricolor)








SVQ/MAD/BCN




cmg2002

27 marzo 2018

Quieren tradición

Por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

El letrero aparecía en un lugar prominente en cuanto se entraba en la página web del periódico, con esa pulsación de apetencia ansiosa que gusta tanto a los publicitarios: “Quiero tradición”, “Quiero Semana Santa”. Era un anuncio turístico de la Xunta de Galicia, pero cuando esas dos frases aparecían sin previo aviso era también una afirmación de visceralidad muy propia de estos tiempos: por una parte, la visceralidad de los deseos urgentes del consumo; por otra, la del apego a lo propio, a lo originario, y en último extremo a lo religioso, en su versión más exterior y contrarreformista, más enraizada en el predominio de tantos siglos de la Iglesia católica sobre la vida española, a costa siempre del pluralismo político y la soberanía de los poderes públicos.
Cuando yo era joven la palabra “tradición” tenía un sentido negativo para las personas progresistas, porque venía asociada a lo peor de nuestra historia. Tradición significaba dictadura, oscurantismo, conformidad con lo establecido, atraso. Tradición eran los coros y danzas y los tronos de Semana Santa custodiados por la Guardia Civil en uniforme de gala y los quelonios franquistas desfilando lentamente junto a los clérigos en las procesiones. Tradición era el reverso de todo lo que ansiábamos: era el apego a lo peor del pasado, y lo que nosotros queríamos era el porvenir; era el fanatismo de lo autóctono, cuando nosotros aspirábamos a que nuestro país se abriera al mundo y abrazara las libertades que eran comunes más allá de nuestra frontera; tradición era borrar la historia real y sustituirla por fábulas patrioteras de conquistas gloriosas y resistencia al enemigo exterior; tradición era identificar lo español con lo católico.
Queríamos, y algunos de nosotros lo queremos aún, romper con aquellas tradiciones escleróticas para adherirnos a la gran tradición ilustrada de la libertad de expresión, el pensamiento crítico, el debate abierto y libre, el gobierno de las mayorías, el imperio de la ley, el respeto y la protección a las minorías y a los derechos individuales. El laicismo y la educación pública estaban arraigados desde hacía al menos un siglo en otros lugares del mundo, pero para nosotros, en los años setenta del siglo pasado, eran reclamaciones urgentes, sueños que parecían más prácticos precisamente porque se correspondían con lo habitual en otros países.
Hace 40 años justos, en el gran clamor festivo de las primeras elecciones libres, todo esto parecía accesible. Ahora comprobamos, no sin desolación, que en gran parte seguimos en las mismas, con la diferencia de que ya no hay ninguna fuerza política ni medio de comunicación que reivindique abiertamente los ideales ilustrados y laicos, y de que defenderlos a cuerpo limpio se ha vuelto más difícil y más arriesgado que en cualquier otro momento de las últimas décadas.
Viajo por Andalucía y una lectora veterana me recuerda artículos que yo publicaba en la edición regional de este periódico hace más de 20 años, cuando la dirigía Soledad Gallego-Díaz. En esa época los socialistas llevaban gobernando en España y en Andalucía más de 10 años (en Andalucía eso no ha cambiado). Yo solía escribir aquellas columnas en un estado de estupor que con frecuencia se convertía en abierta indignación. Me causaba estupor y me provocaba cada vez más indignación que las tradiciones más decrépitas del folclorismo y el oscurantismo, en vez de disiparse poco a poco, cobraran más fuerza que nunca convertidas ahora en rasgos obligatorios de una identidad andaluza inventada a toda prisa, e impuesta por la televisión oficial con un gasto de dinero público que se escatimaba para tareas de verdad necesarias, como la dignidad de la enseñanza pública. Me parecía inaceptable que por beatería, conformismo o cinismo electoral las autoridades democráticas desfilaran en las procesiones de Semana Santa con la misma reverencia con que lo habían hecho los mandamases franquistas. Mi lectora se acuerda de un artículo que publiqué en 1996, Andalucía obligatoria. Lo escribí al enterarme de que entre los cursos de capacitación del profesorado que programaba la Consejería de Educación de la Junta había uno consagrado al “espíritu rociero”. Nunca he escrito nada que provocara reacciones más agresivas. Eran tiempos anteriores a las redes sociales, pero ya abundaban las unanimidades ultrajadas: el periódico publicó una carta furiosa firmada contra mí por sesenta y tantos usuarios de los cursos de espíritu rociero, entre ellos un obispo.
Han pasado 21 años desde entonces. Hay cosas que uno escribe y que aspira a que puedan durar, en la medida incierta en que duran las cosas humanas. Hay otras que preferiría que se quedaran obsoletas, que sirvieran si acaso para atestiguar rebeldías que lograron sus objetivos, causas dignas que ya no es preciso seguir defendiendo. Viajando por Andalucía y escuchando a personas razonables que me dicen en privado lo que ya no se atreven a decir en público y ni siquiera en voz muy alta, me doy cuenta de que lo más triste de todo no es que un artículo escrito hace más de 20 años siga teniendo actualidad: es que las cosas, en Andalucía y en cualquier otro sitio de España, probablemente han ido a peor. Lo que hace 20 años fueron unas cuantas cartas al director y algunos anónimos enviados por correo sería ahora un acoso asfixiante en las redes sociales. En 40 años de democracia no ha arraigado ninguna de las tradiciones democráticas que hubieran debido sembrarse desde del principio. Para lo que ha servido el paso del tiempo ha sido para fortalecer prejuicios, no para suavizarlos o borrarlos. En vez del pensamiento crítico, que por naturaleza es individual y tiende a la disidencia, se han fomentado las adhesiones irracionales a lo unánime. Cuanta menos historia se enseña y mayor es la ignorancia del pasado inmediato, más fuerza tienen los orgullos identitarios: cuanto más sagrada es una tradición, más innecesario y hasta peligroso se vuelve el conocimiento verdadero. Sociedades clientelares y estancadas que necesitarían el flujo vivificador de la crítica y el debate abierto se sumen en una conformidad paralizadora, muy adecuada para el mantenimiento de privilegios sociales y hegemonías políticas, en un miedo al arcaico “qué dirán” que es tan dañino para la conciencia como para el despliegue provechoso de las capacidades y las iniciativas que favorecen la prosperidad. No callar es más arriesgado ahora que en 1996, pero es igual de necesario; aunque uno sospeche que, visto lo visto, también es superfluo. EL PAIS, 29.04.17

16 marzo 2018

Los jóvenes marchitos


¡Ay, jóvenes marchitos que no conocéis el gozo de acariciar otros cuerpos ni de besar otros labios! Los jóvenes marchitos de la era digital viven atenazados por el miedo. Su dificultad para interactuar físicamente con otros muchachos tiene su raíz en el miedo. El miedo, como señaló Anthony de Melo, desaparece gracias al amor, pero el amor les da miedo. Anhelantes de sexo tangible, aunque vírgenes aún a los treinta, empollan y empollan, pero no pillan cacho. Muchachos líquidos e hiperaislados, carentes de educación sexual o sentimental, a los que les resulta difícil expresarse con ternura. A veces se muestran descabezados, a veces mudos, nunca van más allá de una telepaja. Hacerse pajas está muy bien, pero follando se conoce gente. Follar con humanos es beneficioso para la salud mental y física. El Sistema Nacional de Salud debería ayudar a los jóvenes armarizados a florecer como gays normales para evitarles tanto aislamiento y sufrimiento.

Quienes nos criamos en la época analógica no vivíamos distraídos por pantallas en línea, y ligábamos cara a cara, al calor del amor en un bar, como decía la canción de Gabinete Caligari. Hoy, los jóvenes marchitos, enredados en los videochats del ciberarmario, son tímidos que ni quedan, ni follan, ni han bailado nunca al son de A quién le importa en ningún Orgullo porque les importa, y mucho, el qué dirán. ¿Alternativa? Apagad el ordenador, salid de de la oscuridad de vuestra habitación, respirad el aire fresco de la calle, y buscad el cuerpo a cuerpo, nunca mejor dicho. Ahí fuera hay una peña de carne y hueso con muy buen rollo. Carpe Diem. 
PD: Estos apuntes de psikología marika están basados en hechos reales. • cmg2018

09 marzo 2018

La consulta del doctor Manuel Martín Parra


Mi padre tenía su consulta en el antiguo número 40 (hoy 56) de la calle Montecarmelo, en el barrio de Los Remedios de Sevilla. Médico de la infancia, como poéticamente figuraba en sus documentos, durante décadas procuró remedios certeros a niños y niñas aquejados de enfermedades. Tenía un gran ojo clínico para diagnosticar las dolencias más ocultas. A su consulta privada acudían tanto familias acomodadas de barrios burgueses como humildes de barriadas periféricas. A todos los recibía elegantemente uniformado de blanco y negro, como da fe la última foto con la que ilustro este homenaje. Mi padre, al que se le conocía como el pediatra de Los Remedios, tenía auténtica vocación por su profesión, y era enormemente reconocido y querido por sus pacientes y sus familias.


A la entrada del bloque donde se hallaba la consulta estaba colocado este hermoso mosaico con su nombre, que mi hermana Marta aún conserva, y que recuerda a la bandera de Andalucía. Fue un regalo de un catedrático de Bellas Artes, que él mismo hizo y cuyos hijos eran pacientes suyos.


Mantuvo su consulta de pediatra abierta desde 1964 hasta 1988, cuando pasó a trabajar como médico del Sistema Nacional de Salud. En su última época, el doctor Alberto González de la Peña, quien se decantó por la pediatría tras conocer a mi padre, fue colaborador suyo en su consulta, que estaba atendida por dos magníficas enfermeras, Melli y Charito Chaparro, a quienes recuerdo como muy profesionales y eficientes (además de cariñosas conmigo). 

Mi padre tuvo el acierto de encargar la decoración integral de su consulta al pintor y diseñador Santiago del Campo, muy amigo de nuestra familia, quien pintó un enorme mural en la pared del fondo de la sala de espera, instaló dos filas verticales de bellísimos azulejos de tema geométrico que pintó in situ, eligió el mobiliario de las distintas estancias, hizo forrar con chapa de madera las paredes del despacho de mi padre y 
diseñó su escritorio.


Solía repetir el gran pintor sevillano que el retrato que le hizo a mi padre en los años 60 era uno de los mejores que había realizado nunca. Este retrato estaba colgado en la entrada de la consulta, junto a dos bodegones obra también de Santiago del Campo, el Bodegón de los limones y el Bodegón del violín negro 

El doctor Martín Parra también era muy suyo. La siguiente anécdota es buen ejemplo de su proverbial retranca: a una mujer que se quejaba de que su bebé no le mamaba la teta le espetó: "¡Señora, eso será porque tiene usted muy mala leche!" Como celebre era su expeditiva costumbre de tirar por la ventana los chupes con los que venían los niños y niñas a su consulta, ante la atónita mirada de la madre o el padre de turno.

Mi padre, hombre de espíritu campechano y con un innato don de gentes, tuvo un papel muy activo en la Sociedad de Pediatría Extrahospitalaria de Andalucía Occidental y Badajoz, fundada por una generación de brillantes médicos y compañeros suyos (como los doctores José del Pozo Machuca, Antonio Díaz Romero, o Manuel Vidal Jiménez) y que llegó a presidir durante ocho años. A menudo organizaban viajes para asisitr a congresos internacionales de pediatría, como el celebrado en la ciudad mexicana de Mérida en diciembre de 1968. 




Tras su muerte en trágicas circunstancias, el presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, reconoció la trayectoria profesional de mi padre, cuyo trabajo, dijo, contribuyó a prestigiar la pediatría en Andalucía, palabras que a mi familia y a mí nos llenaron de orgullo. Yo no seguí sus pasos en la medicina, lo que siempre encajó con deportividad, pero sí tuve la suerte, como él, de dar con mi verdadera vocación. cmg



06 marzo 2018

VO: La voz humana

Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

Uno de las prácticas más nefastas de la dictadura franquista era el doblaje de películas extranjeras, lo que ayudaba a censurar convenientemente cualquier diálogo considerado incorrecto por el régimen nacionalcatólico. La consecuencia de este hábito inculto produjo un empobrecimiento idiomático progresivo en los españoles, circunstancia que tristemente hemos arrastrado hasta la actualidad. Y así, mientras nuestros vecinos portugueses se manejan con soltura en inglés o en francés, los españoles que pretenden hablar un idioma distinto al suyo materno se han de enfrentar a una desventaja de partida: no tienen hecho el oído a escuchar lenguas extranjeras porque ni las televisiones ni la mayoría de los cines respetan la versión original de las películas de ficción. Sólo en los últimos años se ha extendido la buena costumbre de ver y escuchar películas en VO (subtituladas en español) en diversas ciudades españolas, privilegio hace no mucho únicamente de Madrid y Barcelona. Una generación de cinéfilos reclama su derecho a disfrutar del cine como un acto de cultura humanista.

Pero hay más consideraciones que hacer. Escuchar una película doblada es equiparable a escuchar una sinfonía de Beethoven interpretada por una orquesta de música ligera, o leer un poema de Lorca traducido a otro idioma. La voz humana es una riqueza en sí misma; suplantarla es como dejar que el espectador simplemente vea el filme pero no lo oiga como fue originalmente creado. Este flagrante atentado contra la obra artística priva al espectador del placer de la palabra dicha, de la interpretación completa (acto + texto) de los actores y actrices del celuloide y ahora del soporte digital. Gozar con las voces de otros nos enriquece como personas. Si bello es escuchar recitar un poema con duende, igualmente gozoso es oír la cadencia de una escena cinematográfica emotiva. Y a mi memoria vienen las voces llenas de matices y de empaque de Joan Crawford, Marlon Brando, Gerard Depardieu, Marcello Mastroianni, Emma Thompson, Juliette Binoche, Javier Bardem o Paco Rabal, por citar sólo a algunos.

Hoy en día, la técnica del subtitulado simultáneo permite seguir los diálogos de cualquier película sin demasiado menoscabo de la experiencia fílmica. El espectador poco habituado a leer mientras ve tardará poco en poder simultanear ambos actos; y, casi sin darse cuenta, empezará a disfrutar de la autenticidad de las voces originales, que, no olvidemos, representan el 50% de toda película hablada. Una vez despertado el gusanillo, se preguntará cómo pudo alguna vez escuchar películas dobladas. ¡Pasen y oigan la voz humana original!

Postdata para españoles nacionalistas: Escuchar películas españolas que han sido rodadas en catalán, vasco o gallego dobladas al castellano denota incultura, genera desafección y alimenta, lógicamente, el sentimiento secesionista. Es un hábito torpe que no respeta la riqueza idiomática de un país con cuatro lenguas vivas que son patrimonio de todos. Negarse a oír estas películas españolas en su lengua vernácula, con subtítulos en castellano, revela pobreza cultural y estrechez mental. Es como pegarse un tiro en el pie. cmg

01 marzo 2018

España: El triunfo de los mediocres

Por ANTONIO FRAGUAS FORGES

Quienes me conocen saben de mis credos e idearios. Por encima de éstos, creo que ha llegado la hora de ser sincero.

Quizá ha llegado la hora de aceptar que nuestra crisis es más que económica, va más allá de estos o aquellos políticos, de la codicia de los banqueros o la prima de riesgo.

Asumir que nuestros problemas no se terminarán cambiando a un partido por otro, con una batería de medidas urgentes, con una huelga general, o echándonos a la calle para protestar.

Reconocer que el principal problema de España no es Grecia, el euro o la señora Merkel. Ningún país alcanza semejante condición de la noche a la mañana. Tampoco en tres o cuatro años. Es el resultado de una cadena que comienza en la escuela y termina en la clase dirigente.

Hemos creado una cultura en la que los mediocres son los alumnos más populares en el colegio, los primeros en ser ascendidos en la oficina, los que más se hacen escuchar en los medios de comunicación y a los únicos que votamos en las elecciones, alguien cuya carrera política o profesional desconocemos por completo, si es que la hay.

Estamos tan acostumbrados a nuestra mediocridad que hemos terminado por aceptarla como el estado natural de las cosas. Sus excepciones, casi siempre, reducidas al deporte, nos sirven para negar la evidencia.
  • Mediocre es un país donde sus habitantes pasan una media de 134 minutos al día frente a un televisor que muestra principalmente basura.
  • Mediocre es un país que en toda la democracia no ha dado un solo presidente que hablara inglés o tuviera unos mínimos conocimientos sobre política internacional.
  • Mediocre es el único país del mundo que, en su sectarismo rancio, ha conseguido dividir, incluso, a las asociaciones de víctimas del terrorismo.
  • Mediocre es un país que ha reformado su sistema educativo tres veces en tres décadas hasta situar a sus estudiantes a la cola del mundo desarrollado.
  • Mediocre es un país que tiene dos universidades entre las 10 más antiguas de Europa, pero, sin embargo, no tiene una sola universidad entre las 150 mejores del mundo y fuerza a sus mejores investigadores a exiliarse para sobrevivir.
  • Mediocre es un país con una cuarta parte de su población en paro, que sin embargo, encuentra más motivos para indignarse cuando los guiñoles de un país vecino bromea sobre sus deportistas.
  • Mediocre es un país donde la brillantez del otro provoca recelo, la creatividad es marginada – cuando no robada impunemente- y la independencia sancionada.
  • Mediocre es un país en cuyas instituciones públicas se encuentran dirigentes políticos que, en un 48 % de los casos, jamás ejercieron sus respectivas profesiones, pero que encontraron en la Política el más relevante modo de vida.
  • Es mediocre un país que ha hecho de la mediocridad la gran aspiración nacional, perseguida sin complejos por esos miles de jóvenes que buscan ocupar la próxima plaza en el concurso Gran Hermano, por políticos que insultan sin aportar una idea, por jefes que se rodean de mediocres para disimular su propia mediocridad y por estudiantes que ridiculizan al compañero que se esfuerza.
  • Es mediocre un país, a qué negarlo, que, para lucir sin complejos su enseña nacional, necesita la motivación de algún éxito deportivo.  (2012)

26 febrero 2018

Dibujante de los cualquiera

Por IÑIGO ERREJÓN

Un país es un conjunto de memorias e historias compartidas, una narración contada mil veces, adaptada a cada uno. Forges, en ese sentido, es un narrador y hacedor indispensable de la España que venimos siendo y, yo añadiría, de sus mejores potencias.

Sería injusto y metálico escribir un análisis generalista sobre alguien que está en tantas mañanas, en tantas expresiones, en tantas risas compartidas. Yo escribiré sólo sobre mi Forges. Los grandes son aquellos que conectan nuestra vida cotidiana con el rumbo de nuestro país.

Le pregunto a mi madre qué es para ella Forges. Me cuenta que mientras mi padre estaba haciendo la mili en Ceuta, en un batallón de castigo por su militancia contra la dictadura, ella le escribía una carta diaria. Y en todas metía la última viñeta de Forges para recordarle, entre toda la brutalidad, que seguían siendo parte de algo. Una comunidad de sentido que Forges ilustraba con un humor inteligente, tierno, esperanzado, que conjuraba el dolor y les reconciliaba con un país que se negaban a dar por perdido.

Ese Forges, el del sentido de pertenencia y la sonrisa cómplice entre la generación que luchó por la libertad en España, me llega a mí primero como un cariñoso referente de la familia, uno de los nuestros. Pero pronto habla también de mi generación. Con más olfato y rapidez que la mayoría de analistas o ensayistas, Forges dio cuenta de la precariedad laboral, el machismo, el cambio climático o la corrupción como burla de los privilegiados. En un país desmemoriado, en el que se va perdiendo la capacidad del intercambio y la deliberación, supo ser un puente entre generaciones, un regalo que ha pasado de madres a hijos, un referente compartido. Y no andamos sobrados de ellos.

La mayor parte del humor político tradicional retrata a los protagonistas de la actualidad mediática. Es la actualidad vista “desde arriba”. Forges ilustró toda una historia política “desde abajo”: la política vista desde los ojos de los cualquiera, que es para Jacques Rancière la tensión democrática. Por eso su gran capacidad de dibujar personajes con los que identificarse, por contribuir a un lenguaje de época, por ser un narrador de la vida cotidiana. Los personajes de Forges son finitos, llenos de límites, agobiados por problemas inmediatos, a veces impotentes frente al poder y el despotismo de los demasiado poderosos. Y aun así, graciosos, tozudamente irónicos, conscientes de lo que los cualquiera tienen en común, como anunciando que algún día las cosas estarán en su sitio. Por eso hay en sus viñetas un amor por la gente corriente y trabajadora, sin estridencias ni insultos, que apunta a un patriotismo sencillo y humilde, que nos recuerda lo que podemos ser, lo que tenemos por delante si comenzamos a creer en ello y a cuidarnos. Hay muchos Forges. Este es, al menos, el mío.
El País, 24.02.18

18 febrero 2018

12 febrero 2018

Hollywood's Skeleton in the Closet

By CARLOS MARTÍN GAEBLER
March 8th, 2006

The Academy’s refusal to award Brokeback Mountain the Oscar for Best Picture has triggered an understandable controversy worldwide. From the moment the final vote was cast, the decision has taken many in the Western world by surprise and some of us are still in a state of shock three days after the ceremony.

First of all, it goes without saying that I do not question the excellence of a film as honest as Paul Haggis’ Crash, which I loved when I had the chance to see it in English not long ago, and which I have recommended ever since. But having said that, a number of considerations seem pertinent.

Let me get straight to the point. There is sufficient evidence to maintain that this has been a biased vote from a majority of members of the American Film Academy. Many of these members have publicly said in the last few weeks that they hadn’t seen Ang Lee’s film and they had no intention to do so, an attitude which speaks for itself. It is also common knowledge that some high-profile Hollywood actors, namely Matt Damon and Ben Affleck, refused the roles of the two gay cowboys in the film for fear it might “blemish” their careers. Another prominent Hollywood male star, Colin Farrell, has unashamedly stated that he felt disgusted when he had had to “kiss” other male actors in films in which he had taken part. Also, Will Smith refused to kiss another man on the set before signing on for a film.

In light of these data, which bring into perspective the hidden homophobia among many conservative American actors, it shouldn’t come as a surprise that many found it too progressive a move to award a love story between two men, and cowboys at that, the Oscar for best American Picture of the year. Never before had Hollywood gone that far (there was no love story in The Kiss of the Spider Woman, for which William Hurt was awarded Best Actor) and this year was no different.

Hollywood’s shunning of such a powerful, taboo-breaking, necessary film as Brokeback Mountain, is particularly surprising in a year when America has produced some of its most committed, politically-daring films on record. Other equally discomforting American films in this year’s amazing crop have dealt with state terrorism (Munich), press censorship (Good Night, and Good Luck), corporate corruption (The Constant Gardener), transgender lifestyle (Transamerica) and racial and social tensions in LA and elsewhere (Crash). But many in the Academy felt that awarding two all-American cowboys making out in the mountains of Wyoming with Best Film was a bit too much for their petty liberal minds. They failed to see that Brokeback Mountain is a universal tale of timeless homophobia that had never been filmed before! Unlike Crash, which owes its conception and inner structure to other celebrated films such as Magnolia, Short Cuts or Traffic, Brokeback Mountain represents a true major achievement in the world of cinema and will remain etched on people’s memory. Heath Ledger’s chilling portrayal of tormented Ennis del Mar hidden behind his cowboy hat will be remembered for generations to come. The New York Times has compared his performance to that of young Marlon Brando. In short, Crash gave conservative America the alibi to outvote Brokeback Mountain in the privacy of the voting booth. As a Spanish newspaper put it, “Oscar stays in the closet”.

From what we have been reading in the press and on the internet these days, many feel that, along with Brokeback Mountain, gay visibility on the big screen has been punished. And the message that voters have sent the entertainment industry is this: We don’t want to be asked to play openly-gay characters in American films. That’s for European actors in European films. After all, Brokeback Mountain was awarded the Golden Lion for Best Film in Venice only last October. Well, if mainstream America feel that Hollywood films are too liberal, too out of touch with reality (to quote George Clooney), I believe it is quite the opposite, and, if I were American, I wouldn’t be proud of that. Take that skeleton out of the closet.