10 abril 2016

Franquismo residual



Por CARLOS MARTÍN GAEBLER

Dedicado a los maestros y maestras de la República Española

De forma periódica, escucho decirlo a mis mayores: este país todavía huele a Franco. Lo sentenciaba el gran Paco Rabal antes de morir. En actitudes y hábitos, parece como si no acabáramos de desprendernos de esa costra casposa de efecto retardado que nos inoculó a los españoles la larga noche del franquismo. El franquismo dura ya demasiado tiempo.

En su día escuché a Albert Boadella señalar que la peor herencia de la dictadura franquista fue imponer un desdén por las cosas bien hechas, una cierta indolencia en el trabajo y en la vida cotidiana. Me atrevo a añadir que este rasgo se manifiesta también en la baja calidad de nuestra democracia. En España no se ha instalado aún lo que a mí me gusta llamar la democracia de la calle, que antes se denominaba civismo, un valor que cada vez echo más en falta a mi vuelta de cualquier viaje por Europa. Educar en valores cívicos es la asignatura pendiente de la sociedad española, y, en este sentido, toda una generación de padres y madres ha fracasado.

El escritor gallego Suso de Toro, al echar la vista atrás, reconoce ahora que las movilizaciones contra la gestión medioambiental del desastre del Prestige no pasaron factura electoral a los responsables en Galicia porque “nuestra historia familiar y nuestra cultura personal y cívica, están troqueladas por el franquismo. Vivimos en una sociedad educada para unas relaciones políticas sadomasoquistas y que tolera comportamientos que no toleraría una sociedad con una cultura democrática más profunda.” Esto es el franquismo sociológico del estás conmigo o contra mí.

El maestro Eduardo Haro Tecglen va incluso más lejos: “Siempre Franco; sin él no se entiende este país de hoy.” Y Juan Luis Cebrián piensa que Franco es una consecuencia de ver, entender y hacer España que todavía está viva y coleando. Hoy, muchos de nuestros jóvenes no conocen en qué medida el franquismo afectó a la vida de los españoles. La España actual no se puede entender sin saber qué fue el franquismo, una etapa muy compleja que duró cuarenta años y concluyó con el dictador muerto en la cama, una metáfora que significa que no pudimos echarlo ni eliminarlo. 

De aquella España negra quedan los rescoldos del sempiterno odio cainita, el machismo asesino, el nacionalismo patriotero y trasnochado que afecta a algunos sectores de nuestra sociedad, la generalización de la corrupción y del fraude fiscal, la ausencia de una ética social, la chulería individualista provocada por tantos años de autarquía, y, sobre todo, el preocupante desprecio por la educación. Pienso que es urgente poner en marcha una socialización o educación política en democracia; podríamos empezar por universalizar la educación medioambiental y sexual.

Para Ana María Moix, una de las tragedias de la Guerra Civil de nuestros abuelos fue la extinción de un espíritu que consistía, entre otras cosas, en saber, creer de verdad, y enseñar algo muy simple: que hay cosas que no se hacen. Tras unos años en que, dada la imagen, la actitud, los hechos y el discurso de cierta clase política, los ciudadanos no prestan ningún crédito a quienes se ocupan de la cosa pública, es imprescindible que existan personas que sepan y enseñen que hay cosas que no se hacen. Siempre me ha llamado poderosamente la atención la enorme permisividad de muchos de nuestros conciudadanos con los comportamientos incívicos.

Alejandro Pizarro, profesor del la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Complutense asegura que, en España, las élites culturales tenían más peso e influencia antes de la Guerra Civil que ahora. Estamos pagando el precio de cuarenta años de fascismo y la pérdida de esa oportunidad de oro para levantar el listón medio de cultura y civismo que fueron los 13 años de gobierno socialista para haber entroncado con la tradición ilustrada de instrucción pública de la Segunda República. Se podría decir que España es un país analfabeto funcional porque hemos logrado, afortunadamente, niveles de democracia (vamos a ser el quinto país del mundo en legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo), de desarrollo económico y de infraestructuras semejantes a los países de nuestro entorno, pero no ocurre lo mismo con los niveles de cultura y civismo. Una sociedad que no lee es una sociedad enferma.


Por muy simplista que suene, estoy con Ortega cuando dijo aquello de si España es el problema, Europa es la solución. No se puede decir más con menos. Hoy en día, Europa es el respeto al otro, la civilización de la convivencia. Por eso, necesitamos más Europa. Con todo, seamos optimistas pues los europeos nos aprestamos a refrendar la primera constitución genuinamente laica por la que se va a regir este país. Estoy seguro de que Azaña votaría sí.

Artículo publicado el 29 de octubre de 2004 en el número 3.830 de la revista El Faro.

5 comentarios:

belcebuonline dijo...

Un artículo impecable. Se echan de menos revisiones tan completas, esclarecedoras y sencillas en los medios -en fin, los medios...- sobre el significado de nuestro pasado histórico común. Es muy difícil que las generaciones más jóvenes sean conscientes de su herencia cultural. Una gran parte de las generaciones anteriores simplemente niega o no quiso tomar nunca conciencia, pero aquéllas son más bien víctimas. Nunca es tarde para arrojar luz sobre lo que fue, sobre lo que es, pero cada vez lo es más para evitar sus consecuencias -y éstas nunca remiten por sí solas-. Enhorabuena de nuevo. Un abrazo.

Juanan Ruiz dijo...

Por lo que leo y escucho últimamente parece que ni nos hemos librado del fantasma del franquismo ni de las instituciones que nos impuso antes de "regalarnos" una "democracia": monarquía, iglesia (en el mal sentido de la palabra) y lo peor de todo: la mezcla de poderes fácticos, judicial, legislativo ( y de paso económicos e informativos).

Aprovechemos esta crisis para rebelarnos y quitarnos ese yugo (con flechas y todo) para siempre.

Veo que has empezado a seguir al colectivo burbuja (http://colectivoburbuja.com), te recomiendo vívamente también El Vórtice http://www.elvorticeradio.com/

Un fuerte abrazo

Javier Marías dijo...

Periódicamente, uno llega a la conclusión de que a buena parte de los españoles no les gustan la democracia ni las sociedades libres (o lo que se conoce como tales, inexactamente). Es más, les parecen un estorbo, un engorro, una atadura. Si bien se piensa, no tiene demasiado de extraño, dada nuestra trayectoria histórica y dado de dónde salimos hace unos cuarenta años. España sigue llena de admiradores de Franco, y lo peor es que los hay en casi todos los partidos, sean de derechas, de izquierdas, nacionalistas, o demagógicos y totalitarios (lo que ahora se llama benévolamente “populistas”). Unos dicen odiarlo, a Franco, pero no dejan de imitarlo y por lo tanto de admirarlo. Por no hablar de otras figuras, pasadas y actuales, que también se le parecen. Hoy descuellan Putin, Erdogan, Trump, Orbán, Szydla y Maduro, por ceñirnos a los que tienen el poder en sus manos.

Jesús Mota dijo...

Por pura convención denominamos Guerra Civil a lo que sucedió en España entre 1936 y 1939. Los dos bandos estaban dirigidos por españoles que defendían modelos políticos y sociales diferentes. Pero hay un aspecto crucial que no responde a la naturaleza de una guerra civil. El bando franquista aplicó técnicas y tácticas bélicas propias de una guerra colonial. El Ejército de África actuó en España y sobre los españoles tal como lo hizo en el Protectorado contra los rifeños rebeldes. El patrón de conducta sobre el terreno —bélico o civil— incluyó como directrices automáticas el exterminio, el saqueo y la mutilación. Igual que en 1934, Franco importó un ejército de ocupación y convirtió un enfrentamiento bélico al uso en una guerra tribal. El Ejército de África no tenía límites —su creadores, Millán Astray y Franco, no se los pusieron— para sus atrocidades ni para su rapacidad.

Cuentan que cuando la Duquesa de la Victoria acudió a Marruecos para organizar un cuerpo de enfermeras los legionarios le dieron la bienvenida entregándole un cesto de rosas con dos cabezas cortadas de moros en el centro floral. Y Primo de Rivera pasó revista a un batallón de la Legión que portaban cabez de moros clavadas en las bayonetas. Este fue el jinete del Apocalipsis que Franco liberó en 1936 sobre territorio español. A pesar de estas y otras multiples evidencias, el franquismo goza de amplia aceptación institucional y de una amplia tolerancia en centros de decisión y poder. Dos ejemplos calientes y recientes, últimos de una larga lista.

El general José Sanjurjo, marqués del Rif, primer golpista durante la República, fue enterrado en el Pabellón de Héroes Regulares del Cementerio de Melilla el mes pasado —expulsado por iniciativa del ayuntamiento de Pamplona de su tumba navarra— con un protocolo confuso en el que algunos han visto honores militares y otros precisan que no hubo tal, por ausencia de armamento y salvas. Pero lo que importa es que al acto asistió Juan José Imbroda (PP), presidente de la Ciudad Autónoma de Melilla, a título privado. No hay nada más revelador que la asistencia privada de un cargo público a una ceremonia de ese tipo. No sólo demuestra la máxima autoridad política de Melilla acepta la conducta golpista de Sanjurjo sino que puede desdoblar a voluntad su condición institucional de su condición privada sin mayores escrúpulos y con cualquier clase de excusa.

Después llegó el entierro del ministro franquista, José Utrera Molina. Una alegre muchachada cantó el Cara al Sol en el entierro del finado. Al Gobierno de la nación, faltaría más, no le ha preocupado en absoluto. Una nube más en nuestro cielo. Ningún fiscal se ha preguntado —siquiera retóricamente— si hubo exaltación del franquismo. Cornford acuñó el término Infiguración para describir un proceso sociopolítico en el que una figura está en apariencia ausente, pero permanece internamente presente. Eso es lo que sucede en España: Franco está declarado ausente, pero actúa interna e intensamente con mano corrupta. Ni ha sido expulsado, ni conjurado; por el contrario, algunos lo tienen como patrón. EL PAÍS

Carlos Martín Gaebler dijo...

Leo en el interesantísimo libro Aventuras ibéricas de Ian Gibson su opinión al respecto: "Por mucho que el PP se las dé de demócrata, siguen los mismos tics procedentes del franquismo. Y con ellos, inevitablemente, el recrudecimiento de los nacionalismos periféricos. Lo comentaba José María Ridao en 1998 en su artículo "¿Qué pasa en España", hablando de quienes "se sienten cómodos con la visión de la España de los de siempre, de quienes sienten orgullo y no pudor por heredar su discurso y enarbolar sus mismos símbolos"." (Página 331)